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viernes, 24 de junio de 2016


-¿Sabes que te quiero?-preguntó él buscando sus labios. Al encontrarlos su corazón se detuvo por un momento y, tras lo que pareció ser una eternidad, comenzó a latir de nuevo, de forma acelerada.
Ella asintió, con los ojos cerrados e impregnándose de su sabor.
-Debería habértelo dicho más veces-susurró él en su oreja. Ella le rodeó la cintura con los brazos y suspiró.
-Tú mirada me lo decía-dijo ella con un brillo esperanzador que cruzó por sus pupilas. Sus ojos verdes se abrieron y contuvo la respiración. Él sonrió y no pudo evitar besarla de nuevo.
-Me alegra tenerte aquí de nuevo-dijo él al tiempo que la alzaba para sostenerla en sus brazos. Los besos se incrementaron y cada vez se hacían más intensos, más sedientos, más hambrientos. Él necesitaba de ella y ella de él. Y ambos lo sabían.
-No vuelvas a irte-dijo él en un suspiro sin dejar de besarla. Aquella súplica atravesó el corazón de ella haciéndola añicos. Acarició sus mejillas con las manos y besó su boca de nuevo, con las lágrimas aflorando al borde de sus ojos. El tiempo había dejado de existir y el calor y el amor que latía en sus corazones se hacía cada vez más y más fuerte.
Él enredó las manos en su pelo y memorizó cada contorno de su figura, acariciando cada centímetro de su piel y perdiéndose en el laberinto de su cuerpo. Ella se dejó llevar, feliz, porque por fin había encontrado la manera de estar junto a él. Quería ser suya, en cuerpo y alma. Y lo era, con cada mirada, cada caricia, cada te quiero que quedaba tatuado en su alma, y estaba dispuesta a demostrárselo.
-Sabes que no podemos estar juntos ¿verdad?-preguntó ella, después de unas horas en las que se expresaron su amor como solían hacerlo antaño. Él escuchaba su voz, tumbado boca bajo sobre la cama con los ojos cerrados mientras sentía como ella deslizaba los dedos por su espalda, dibujando un corazón con los dedos.
-No concibo una vida sin ti-respondió él, sin atreverse a mirarla.
-Somos de mundos opuestos. No podemos estar juntos-ella buscó su mirada con desesperación pero él la eludía.
-Te quiero…-empezó a decir él.
-Lo sé-contestó ella respirando profundamente-yo también te quiero… y te pido perdón, por no haber estado ahí como te prometí.
Él se volvió hacia ella mirándola fijamente a los ojos. Algo volvía a romperse en su interior. Con un quédate en los labios, que no llegó a pronunciar, y con una lágrima en el corazón, él besó su boca y ella, a pesar del dolor, sonrió porque comprendía que, a pesar de la despedida, volverían a encontrarse y sabía que el amor siempre estaría ahí.
-Ya es la hora-dijo ella-tengo que irme.
-¿Tan pronto?-preguntó él y ella sonrió con amargura. Acarició su pelo con dulzura y descendió hasta sus mejillas, deslizando después sus dedos por sus labios. Ambos sabían lo que venía a continuación y ninguno de los dos estaba preparado para ello.

-Sí cariño-dijo ella en su oído-me están esperando, y tú ya tienes que despertar. 

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